Los 50plus (y ya no digamos los 60plus), en nuestro país, tuvimos la suerte de vivir una etapa de apertura durante nuestra adolescencia que coincidía con la efervescencia creativa de los años ochenta.
Recuerdo cierta ansiedad y mucha avidez con todo lo que de pronto recibíamos en el ámbito cultural: cine, teatro, literatura, exposiciones… temas hasta entonces lejanos se convertían incluso en conversación y había que ver tal película o haber leído tal libro para ser alguien.
Me pregunto cuántas memeces nos habrán colado como obras maestras.
Pero lo peor es que creo que, en nuestra inocencia, mantuvimos durante muchos años, décadas, esa entrega a ser guiados por otros en nuestros gustos, la sensación de que algo que llegaba bendecido no podía ser un error y que, en cualquier caso, nosotros no estábamos a la altura de decidirlo.
Así, me veo, ya mayor, quizás con treinta años o más, preguntándome en ocasiones qué no habré entendido de esa obra que todos alaban.
Ahora, ya no. Supongo que hay edades en las que empiezas a permitirte todo. Pero me quedan las dudas sobre hasta qué punto recuerdos icónicos merecen serlo.
Todo esto viene al cabo de una decepción:
Deseando amar es un mito del cine romántico dirigido por Wong Kar Way que no sólo en el año 2000 fue considerado por muchos como la mejor película del año, sino que sigue ocupando su sitio en las listas. Su director optaba por una caligrafía poco definida, a base de luz y sonido, que también utilizó en otras obras posteriores como 2046 o The Greatmaster. Yo, como todos, lo adoraba.
Tras muchos años de silencio ha debutado en TV con una serie, Blossoms Shanghai y…. no he conseguido pasar del tercer capítulo. Hay belleza visual, sin duda, pero todo me parece vacío, repetitivo, falto de tensión. Y mirando hacia atrás, comienzo a ver grietas en mi recuerdo.
Creo que éramos fáciles. Y que cada obra tiene su momento, en el que también afectan las circunstancias externas. O quizás, como nos dice Sabina, “al lugar donde has sido feliz, nunca debes tratar de volver”. Dejemos los recuerdos en su sitio.
Pero eso sí, con la libertad de decir que eso que todos alaban, a ti te ha dado sueño.
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Cada obra tiene su momento, en el que también afectan las circunstancias externas. O quizás, como nos dice Sabina, “al lugar donde has sido feliz, nunca debes tratar de volver”.
