Cuando la luz de París no funciona

María Victoria de Rojas

15/10/2025

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Volvíamos a casa después de pasar cuatro maravillosos días en París. Aquel año, sin comerlo ni beberlo, me había quedado sin compañía para pasar las vacaciones y había decidido darme un pequeño homenaje siendo presentada formalmente a la señorita Eiffel. Establecidas relaciones, nos hemos vuelto a ver en más ocasiones, pero ninguna provoca un recuerdo mágico como aquella.

A las famosas tres B (buena, bonita y barata) yo había tenido que añadir una cuarta: breve, y es que mi economía no daba para mucho más que para un periplo de una semana y en autobús. El único lujo que me permití fue el suplemento por disponer de habitación individual con baño en todos los hoteles, que soy muy mía a la hora de compartir y muy celosa de mi intimidad.

Veinticinco personas compartimos aquel viaje. No es que me acuerde del número exacto, que mi memoria no da para tanto y de aquel viaje hace ya mucho tiempo, pero para eso está la memoria gráfica. No he tenido más que abrir el álbum – ¡qué tiempos aquellos en los que las fotos se guardaban como un tesoro, de papel, pero tesoro! – para buscar la fotografía de grupo que seguro que nos hicimos y sí, allí estaba, con veinticinco caras sonrientes.

Quince días antes de iniciar el viaje me habían llamado desde la agencia de viajes para decirme que había surgido un problema con el hotel de París y que el nuevo alojamiento no se ajustaba exactamente a lo contratado, por lo que me ofrecían la posibilidad de cancelar el viaje sin ningún coste. Supongo que a lo que se referían era a ningún coste financiero. Renunciar al viaje con el que llevas soñando años y que finalmente tienes al alcance de la mano tiene un coste emocional muy elevado que no estaba dispuesta a pagar. Muy malo tenía que ser el hotel para que pudiera borrar de mi cara la felicidad de pasear por París.

Lo curioso del caso es que el nuevo hotel vendría a convertirse en protagonista de algunos momentos estelares del viaje.

Los dos primeros tendrían a una madre y a su hijo como actores principales, pero no una madre y un hijo cualquiera. Me explico. Mexicanos ellos, habían venido a Europa a rememorar en todo lo posible el viaje de novios de la primera aprovechando que el segundo, tras alcanzar la edad reglamentaria, había obtenido la jubilación y, por tanto, disponía de tiempo para viajar. Por muy pronto que uno se pudiera jubilar en México en aquellos años, haciendo un cálculo así por encima, tercera edad para él, quinta o sexta para ella.  

La buena señora nos tenía sorprendidos con la agilidad con la que subía y bajaba del autobús y el aguante que había demostrado en las visitas que habíamos realizado por el camino, pero nos pareció del todo inadmisible que, teniendo el hotel cuatro plantas y brillando el ascensor por su ausencia, fuera necesario alojar a la pareja precisamente en el último piso dada su provecta edad.

Expuesta nuestra preocupación por la salud de la señora a la recepcionista que nos atendía, resultó que aquella adjudicación de habitación en el cielo respondía a una exigencia expuesta en la contratación y que consistía en la existencia obligatoria de dos camas. Si la pareja se avenía a compartir una cama de matrimonio podían ofrecerle alojamiento en el primer piso.

Parecía que podíamos resolver el tema de las escaleras cuando llegó el segundo de los problemas al grito de:

—¡De ninguna manera! ¡Me niego rotundamente! Llevo 70 años sin compartir cama con mi hijo y no voy a empezar ahora. ¡Dos camas! Lo dejé muy claro desde el principio. ¿Eduardo?

Y Eduardo respondió con un hilo de voz

—Madrecita ¿no podría hacer una excepción? Mire que se me va a morir usted en las escaleras…

En aquel momento se me encendió una lucecita y volviéndome hacia la recepcionista pregunté:

—¿Y no tendrán una cama supletoria disponible? Si hay quien ha convertido la habitación doble en triple, será que tienen ustedes camas supletorias. ¿No les queda ninguna? —y volviéndome hacia Eduardo añadí— Supongo que no va a ser la cama más cómoda del mundo, pero quizá así solucionáramos el problema.

Hubo suerte. Con una cama supletoria solucionamos los dos primeros problemas: que la señora no subiera directamente al cielo por las escaleras de hotel y que mantuviera intacto el pudor de compartir cama con su hijo.

El siguiente conflicto se produjo una media hora después de tomar posesión de las habitaciones y requirió del uso de dotes de deducción.

Uno de los problemas por los que la agencia se puso en contacto conmigo por si quería cancelar el viaje con el cambio de hotel es que el nuevo destino, aunque disponía en las habitaciones de ducha individual, lavabo e, incluso, un monísimo bidet que, gracias a estar dotado de ruedas, se podía sacar en caso de necesidad de su ubicación bajo el lavamanos, el excusado como tal era común a toda la planta y se encontraba ubicado fuera de las habitaciones.

Mientras me hallaba enfrascada en deshacer la exigua maleta no paraba de oír voces y puertas que se abrían y cerraban. Preocupada por si había pasado algo y tras salvar la vida de la señora mexicana era necesario deshacer algún otro entuerto, salí al pasillo a ofrecer mi ayuda. Las que corrían por el pasillo eran cuatro amigas que viajaban juntas con las que había compartido ya algún momento feliz.

—¿Se puede saber qué os pasa?

—¡Pasa que muy bien el cambio de hotel sin aseo privado! ¡Pasa que tengo una urgencia y el maldito cuarto en el que puedo solucionar mi problema no tiene luz!

—No puede ser. ¿Cómo no va a tener luz?

—Que sí, que te lo juramos. Que llevamos diez minutos buscando y no hay interruptor ni dentro ni fuera, ni en el pasillo, ni en la puerta ¡que no hay luz! Y yo no puedo más.

—¿Has probado a entrar y cerrar la puerta?

—Sí, por supuesto, y la oscuridad es como boca de lobo. Da miedo.

—¿Y el pestillo? ¿Has probado a echar el pestillo? Hay sitios donde convierten el pestillo en el interruptor para evitar que la gente se deje la luz encendida…

Casi no me dio tiempo a terminar la frase. Carmen salió disparada, cerró la puerta con bastante ímpetu, accionó el pestillo y gritó:

—¡Chicas! ¡Acabo de dar a luz!

No fueron las únicas con el mismo problema, pero una vez que me había podido decir a mí misma “Elemental, querida Vivi”, la información corrió como la espuma y el misterio de las luces en los excusados quedó solucionado.

Del cuarto asunto provocado por el hotel nos enteramos ya en el camino de vuelta y lo verdaderamente divertido fue presenciar el azoramiento de aquel compañero de viaje mientras nos contaba lo sucedido.

Viajaban con nosotros dos matrimonios de mediana edad que solían acomodarse en los asientos del final del autobús. Llevaban un buen rato riendo hasta casi llorar cuando, aburrida como estaba, decidí desplazarme con la intención de poder participar de aquel momento hilarante. No debía ser la única aburrida porque las cabezas de casi todos se fueron girando y acabamos por pedirles que, por favor, compartieran con todos aquello que provocaba tanto jolgorio.

—No me hagáis esto. Es algo privado y me da mucha vergüenza —dijo uno de los hombres.

Su mujer, a su lado, limpiándose las lágrimas le animó a hacerlo.

—¡Venga! ¡Va! Cuéntalo. A mí no me importa que lo hagas.

Y se animó:

—Quienes hayáis estado en el hotel antiguo me vais a entender muy bien —ese era mi hotel—. Para los que no hayáis estado, os pongo en antecedentes. El que decoró las habitaciones de este, según el folleto, coqueto hotel, debía tener un serio problema mental, la visión defectuosa o un deplorable gusto. En el momento en el que abres la puerta de la habitación la primavera te ataca lanzándote millones de flores a los ojos: las paredes tienen un papel pintado con enormes flores amarillas dispuestas en cascada; la moqueta también contiene flores, con otro diseño y con el color ya marchito, por lo que daña un poco menos los ojos, pero no mucho, eso sí, se lleva a matar con el papel de la pared; la colcha, quizá maravillosa en una habitación completamente blanca, aporta mucho colorido en su diseño de flores, otras flores, pero no les debió quedar tela suficiente para confeccionar las cortinas que, por supuesto, para no desentonar, tienen un diseño de flores, tan coloridas como las de la colcha; y, por último, cojines, tapizado de sillas y toallas disponen cada uno de ellos de bonitos estampados de flores.

Paró un momento para que quienes no habían conocido el hotel pudieran imaginar la habitación y para que, quienes sí lo conocíamos, pudiéramos rememorar nuestras propias experiencias ante la magnífica decoración.

—Espero que os hayáis podido hacer una idea —respiró profundo, como para darse ánimos—. Sigo: este viaje nos lo han regalado nuestros hijos porque acabamos de celebrar las bodas de plata. Nuestro sueño era venir a París en la luna de miel, pero entonces no pudo ser, y planificamos el viaje de manera que fuéramos cumpliendo con todos los tópicos de una luna de miel, de la que debió ser y no fue.

Paró un segundo, quizá recordando la que realmente fue, y continuó contándonos:

—No nos habéis visto mucho más allá de las excursiones compartidas porque realmente hemos ido tachando de la lista todas las cosas que queríamos hacer. Todas, menos una —y el rubor volvió a coger carrerilla en su cara—. Yo quería haber dejado el pabellón español muy alto y haber cumplido como un hombre todas las veces que hubieran sido necesarias, como es de rigor en una luna de miel. Pero no he sido capaz. Ninguna de las noches. Era entrar en la habitación y mi muchachito se desvanecía embriagado por tanta flor. Vamos que, si hubiéramos venido a París a consumar nuestro matrimonio, estaríamos volviendo tan vírgenes como llegamos. Venir a la ciudad de la luz… y es que ni apagándola…

Y la carcajada fue unánime.

María Victoria de Rojas

María Victoria de Rojas

Asesora y Colaboradora en soy50plus

Ha sido directora de la revista Ejecutivos y actualmente “sigue alcanzando metas” , tal y como cuenta ella misma.  Como escritora, ya lleva 4 libros publicados y es coach, speaker y co-fundadora de iconic-level.com. Es un honor para soy50plus contar con las colaboraciones de María Victoria dentro de CALMA.