Hay una edad en la que empiezas a sospechar de cualquier cosa: un restaurante nuevo, una aplicación nueva, una forma distinta de viajar, que venga acompañada de la frase:
—Tienes que probarlo.
Te saca uno de esos “latiguillos” que empiezan a ser constantes:
—No, gracias. Yo ya sé lo que me gusta.
Y ahí empieza el problema.
Porque una de las cosas maravillosas de cumplir años es que vas descubriendo lo que te gusta. Sabes qué vino pedir, qué lado de la cama prefieres, qué personas te divierten y qué tipo de plan empieza a tener mala pinta antes incluso de salir de casa.
Eso se llama experiencia.
Pero tiene un “impuesto” bastante peligroso que se llama rutina.
Y se parecen muchísimo.
La experiencia te dice: “esto ya lo he probado y no me interesa”.
La rutina dice: “esto no lo he probado, pero tampoco me interesa”.
Pequeño matiz. Enorme diferencia.
De joven haces cosas nuevas constantemente porque no te queda más remedio. Casi todo es una primera vez. El primer trabajo. El primer viaje solo. La primera casa. La primera relación seria. La primera ruptura seria. La primera vez que montas un mueble de IKEA y comprendes que el amor tiene límites.
Pero, con los años, las primeras veces empiezan a escasear.
Vamos construyendo una vida cada vez más cómoda, eficiente y previsible. Vamos a los sitios que conocemos. Pedimos platos que sabemos que nos gustan. Hablamos con gente que piensa más o menos como nosotros. Viajamos de una manera que ya tenemos controlada.
Y no está mal.
La comodidad está injustamente desprestigiada. Después de cierta edad uno se ha ganado perfectamente el derecho a un buen colchón, un restaurante conocido y unas vacaciones sin espíritu aventurero.
El problema aparece cuando dejamos de elegir la comodidad y empezamos simplemente a repetirla.
Porque entonces los días empiezan a parecerse demasiado unos a otros.
Y quizás por eso, probar algo nuevo de vez en cuando tiene un efecto sorprendente. No hace falta tirarse en paracaídas, recorrer Mongolia en moto ni apuntarse a una experiencia espiritual en Bali con gente vestida de lino blanco.
Puede ser mucho más sencillo: escuchar música que nunca escucharías. Pedir el plato que jamás pides. Ir solo a algún sitio. Aprender algo en lo que probablemente vas a ser bastante malo. Hablar con alguien con quien aparentemente no tienes nada en común. Cambiar de camino.
Hacer algo por primera vez.
Porque las novedades tienen una virtud extraordinaria: despiertan.
Te obligan a prestar atención. A salir del piloto automático. A volver durante un rato a ese territorio maravilloso en el que no sabes exactamente qué va a pasar.
A veces descubrirás algo fantástico.
Y otras descubrirás que tenías razón y que aquello era una auténtica estupidez.
También cuenta.
Así que este viernes prueba algo nuevo.
Pequeño. Innecesario. Incluso un poco absurdo.
No porque tengas que reinventarte.
Sino simplemente para recordarte que todavía quedan muchas primeras veces.

Txema Arnedo
Co-fundador de soy50plus
Ingeniero Industrial, curioso, apasionado por la tecnología, cofundador de soy50plus. Nunca ha visto “Los lunes al sol”