Al rico invento

María Victoria de Rojas

14/07/2026

Al rico invento

Inventos hay muchos y no cabe duda de que la gran mayoría de ellos nos cambiaron la vida, a mejor en la mayoría de los casos, a peor en una minoría, sin mayores consecuencias en alguno de ellos. También los hay tan curiosos como inútiles.

Ford creó la Ford lane-keeping bed, un invento que se ocupa de que nunca te toque el lado estrecho de la cama cuando tienes la fortuna (o la desgracia, nunca se sabe) de compartirla. Utilizando la tecnología del Asistente de Mantenimiento de Carril de los coches, detecta cuándo el invasor se sale de su zona y la tecnología de un colchón deslizante obra el milagro de que el intruso vuelva a su mitad. Malo es que te toque un “invasor del espacio”, pero no acabo de verle la utilidad a un sistema que, aunque mantenga las fronteras claras, con tanto movimiento impedirá que consigas el sueño reparador que anhelas. Y, además, ¿qué sucede cuando el intruso trae otras intenciones que nada tienen que ver con la invasión del espacio? ¿También lo echa? Ciertamente, no lo veo claro. Dos camas resolverían el problema sin tanta parafernalia.

Otro invento curioso es el Odor Cheker, un dispositivo que mide el olor corporal. Por mi parte, creo que es algo que lleva inventado desde que el hombre es hombre: se llama nariz. Claro que a lo mejor encuentra su utilidad en aquellos que sufren de anosmia, ya saben, los que perdieron la capacidad para oler.

Supongo que también existirán personas que le encuentren utilidad al rallador de mantequilla, utensilio que evita tener que esperar a que se ablande para poder untarla cómodamente. Paciencia, unos segundos en el microondas o tener memoria para sacarla de la nevera un tiempo antes de su uso resuelven el mismo problema de manera magistral.

Alguien inventó ¡y patentó! una sudadera que es a la vez bolsa o cesta de la compra; un pijama cuya parte superior parece una camisa de vestir, por si tienes una videoconferencia a primera hora de la mañana y eres de los que apuran el tiempo en la cama; y un abridor que permite abrir doce botellines de cerveza a la vez. A este último le concedo una cierta utilidad si tienes un chiringuito en la playa o eres el pringado al que le toca ocuparse del “bebercio” en las fiestas. Y la guinda: unos calcetines con una suela especial diseñada para enganchar las piezas de Lego diseminadas por el suelo.

Y luego está el “helado de suegra”, que no patentó, pero que sí inventó mi padre y que hizo las delicias de mi abuela durante mucho tiempo.

Aunque era muy pequeña, lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Mis abuelos maternos vivían en la conocida como calle Larga en Jerez y solíamos pasar un tiempo en verano con ellos. Al final de la calle había una heladería que fabricaba los mejores helados artesanales que he comido nunca. Vendían tanto en la época estival que no solo les daba para vivir cómodamente el año completo, sino que acabaron por hacer una hucha importante y cerrar definitivamente el chiringuito. Claro que eso pasó siendo yo ya mayor.

Vuelvo al invento. Sabiendo como sabían mis padres la pasión de mi abuela por los helados, raro era el día que pasábamos en Jerez que alguno de nosotros no recibía el encargo de acercarse a la heladería a por un litro de helado para el postre. Suficiente, sin grandes alharacas, para todos los que éramos, francamente escaso en el sentir de la abuela.

Un día, sin más, mi padre decidió ir personalmente a por el helado, pero antes de salir pidió a mi madre que le buscara un frutero de esos que son como una bandeja de cristal elevada. Con él bajo el brazo llegó a la heladería, se lo entregó al dueño y le pidió que le sirviera un “helado de suegra”.

—Disculpe, caballero, pero ¿qué es un “helado de suegra”?

—Muy sencillo. Usted pone un flan en el centro del frutero y luego va construyendo una pirámide de bolas de helado de distintos sabores a su alrededor. Sobre la última bola, la de la picota, pone usted una guinda y lo decora todo con chantillí. Mientras tanto, si es posible, que alguien me prepare un litro de helado de pistacho, que también tengo que cuidar mi matrimonio y tendré que salir corriendo para que no se derrita. Y me cobra lo que me tenga que cobrar.

Cuando mi padre colocó el frutero delante de la abuela, juro que su cara era una mezcla del emoticono de los dos corazones por ojos y del que babea con la lengua fuera.

Esa fue la primera, pero hubo muchas otras ocasiones, tantas que mi padre nunca tuvo que volver a explicar en qué consistía el “helado de suegra”, aunque hubiera pasado un año desde la última vez. Y jamás, en ninguna de ellas, mi abuela compartió ni una sola cucharadita de su helado, porque su yerno lo había inventado solo para ella.

Y luego está el “helado de suegra”, que no patentó, pero que sí inventó mi padre y que hizo las delicias de mi abuela durante mucho tiempo.

María Victoria de Rojas

María Victoria de Rojas

Asesora y Colaboradora en soy50plus

Ha sido directora de la revista Ejecutivos y actualmente “sigue alcanzando metas” , tal y como cuenta ella misma.  Como escritora, ya lleva 4 libros publicados y es coach, speaker y co-fundadora de iconic-level.com. Es un honor para soy50plus contar con las colaboraciones de María Victoria dentro de CALMA.