Más Filmin, por favooorrrr

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Más Filmin, por favooorrrr

Escrito por Carlos Herrán

07/01/2021

FILMIN

 

Podría parecer que Filmin es como Netflix o Amazon Prime o HBO. Pero resulta que no. Funciona igual, pero Filmin es puro Rock and roll. Si eres 50plus, Filmin te suelta el ánimo como una noche de marcha en los 90, cuando, además de buscar emociones y pareja, te cargabas de vida también a través de todo tipo de alimento, incluido el CINE. Estaba Spielberg (siempre ha estado, el muy …), pero también las películas del Alphaville o del cine enrollado de tu ciudad, que pivotaban la noche con la chica, la cena, las cañas, fuera novia o no. Como antes de todo concierto, había un ritual, una espera, una expectación: la cola para sacar las entradas para ver Dersu Uzala – El Cazador, de Kurosawa, o esa película de Tarantino que le iba a consagrar, Pulp Fiction, que, al salir, a todo el mundo le había dejado atónito y comentaba lo súper violenta que le parecía. A todos menos a tu esposa, que estaba embarazada de tu primer hijo y salía descojonada de la risa. Ella sí que lo había pillado, al Tarantino más profundo y de verdad. La cena, el cine, las cañas, la moto, Madrid, la juventud, la eterna juventud. Así las gastábamos mientras nos hacíamos mayores.

Apetece todo: pelis de aventuras míticas, para pasar la tarde con varios Robin Hood, repescar a Spencer Tracy o Gary Cooper a cualquier hora, o las propuestas que has perdido en los últimos 15 o 20 años en los cines mientras criabas a la prole y cuyos superhéroes son tan de verdad como tú. Clásicos, vanguardia, todos los festivales a los que no soñabas acudir y que, de pronto, viven y sobreviven en Filmin.

Por eso, ahora, de repente, Filmin llega con toda su carga de “cine, pero de verdad” (vale, y también series europeas, o sea que mejor me lo ponen). Después de tantos filtros como te planta la vida para amansarte (y conseguir, de paso, perpetuar la especie), navegas por Filmin y te vuelve a entrar el hambre de existencia, de experiencias de cuando tenías 25-30 años menos. Te reconoces en la cartelera que te proponen. Hay tanto y tan variado y todo destila un aroma de cine tan auténtico que te sientes con toda la vida por delante de nuevo, aunque tus retoños ya no vivan en casa (o quizá por eso, precisamente).  Apetece todo: pelis de aventuras míticas, para pasar la tarde con varios Robin Hood, repescar a Spencer Tracy o Gary Cooper a cualquier hora, o las propuestas que has perdido en los últimos 15 o 20 años en los cines mientras criabas a la prole y cuyos superhéroes son tan de verdad como tú. Clásicos, vanguardia, todos los festivales a los que no soñabas acudir y que, de pronto, viven y sobreviven en Filmin: puedes pasar del Festival de Huelva al de Gijón con un golpe de mando (remoto, claro).  Y sentir que no te pierdes nada del panorama cultural cinematográfico local, aunque hasta ahora quizá no te habías preocupado, y disfrutar de esas pelis con las que nunca se atreverían las otras plataformas (ni quizá tú, desde aquellos días en que hacías cola en los cines enrollados de tu ciudad).  

Y Filmin como biblioteca libre: la tranquilidad y el gusto de saber que está ahí, como los libros que vas acumulando en tu vida y de los que no te desprendes, porque de vez en cuando quieres acariciar su lomo u hojearlos. En esta lucha de supergigantes por cazar nuestra atención de consumidores con armas de mercado, ellos son los depositarios naturales de los valores del cine como arte narrativo liberador, anti-alienante.

Y lo mejor es que Filmin es cosa de aquí, es decir, del tejido local del cine, que ha aguantado durante 10 años (¡se adelantaron a todos!) hasta que un inversor se ha dado cuenta de que el concepto, el mercado, lo tenían claro, se lo habían currado. Solo había que poner dinero para competir con los gigantes: un buen interfaz, un dominio absoluto de la materia, como se ve cuando navegas y te apetece saltar sin parar de un sitio a otro.

He señalado decenas de películas y unas cuantas series: británicas, noruegas, francesas. O sea, he caído en la misma trampa de las otras plataforma, que compran expectativas tuyas,  pero desde que tengo Filmin, me encuentro más sereno. No me siento obligado a consumir, sino a ver. Porque el cine de verdad se ve, no se consume. Al menos, en mi código.  De alguna manera, vuelvo a la cola de la taquilla en un sábado por la tarde para descubrir al último director molón, antes de tomarme unas cervezas con mi pareja y, ojalá, sentir hambre de cosas nuevas después.

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