Hubo un tiempo en mi vida en el que recorrí una parte de España viajando de feria en feria. Ferias de exposiciones en recintos feriales, no ferias de algodón de azúcar y coches de choque. Si lo prefieren, de las de trabajar, no de las de disfrutar.
Solo quienes lo hemos padecido sabemos lo cargante y molesto que puede ser estar durante diez o doce horas al frente de un stand en una feria, sobre todo si viajas sin compañía y lo tienes que hacer todo tú. Afortunadamente, soy un ser bastante social y en poco tiempo hice amigos entre los compañeros más cercanos, o más lejanos, que tras varias ferias de la franquicia en distintos lugares acabé por hacer amistad con algunos de ellos. En especial con Jaume, un señor catalán que, además de brindarme su amistad, intentó por todos los medios que aprendiera a pronunciar su nombre correctamente, con esa e que no es e, pero que tampoco es a, y que hacía mis ferias mucho más llevaderas.
Pau vendía máquinas de bordar. Su stand estaba siempre lleno, no como el mío que pocas veces conseguía atraer a más de dos personas a la vez, y eso porque transitaban en pareja que, de otra forma, como decía un buen amigo, hubieran sido “una o ninguna”.
Pensamos que las personas que acuden a las ferias están realmente interesadas en lo que ofrecen, pero con eso de que los recintos feriales deben subir cada año el número de asistentes a sus distintas ferias, lo cierto es que abren las puertas a colectivos que solo van a pasear. Una vez se me acercó un señor (llevaba yo como dos horas sin hablar con un alma y me alegré muchísimo):
—Hola. Y usted ¿qué regala? – me preguntó.
—¿Yo? Revistas, ¿le interesa alguna? – contesté solícita, pensando “aquí gano un suscritor”.
—¿Revistas? ¡Pues vaya mierda de stand!
Y se marchó dejándome la moral por el suelo sin importarle lo más mínimo la falta de educación que había tenido conmigo.
Solía viajar sola, pero hubo una vez en la que mi marido y por aquel entonces jefe, decidió acompañarme alegando que así hacía algunas visitas para comercializar espacios para la revista. Una excusa como otra cualquiera porque en realidad lo que le apetecía era pasar unos días en Galicia, lugar al que volvíamos siempre que teníamos ocasión.
Viajamos de noche en uno de aquellos trenes-hotel que no entiendo por qué hoy han desaparecido, con lo maravilloso que era llegar a desayunar. Como me imaginaba que tendría que salir corriendo hacia la feria sin tiempo para nada, me bajé del tren “arregladita como para ir de boda” que hubiera dicho Serrat. Desayunamos cerca de la estación y cogí un taxi dejando a mi marido con tres encargos: ocuparse del equipaje, llegar hasta el hotel para coger la habitación y alquilar un coche con el que se suponía que iría a buscarme al finalizar la jornada. A pesar de que ya existían lo teléfonos móviles (móviles, no inteligentes, que nos es muy fácil acostumbrarnos a lo bueno) no conseguía hablar con mi marido, pero un SMS me aseguraba que llegaría a tiempo a recogerme.
Según se acercaba la hora de cierre de la feria recibí varias ofertas para llevarme hasta el centro de Vigo, alguna incluso incluía invitación a cenar, como era lo habitual. Pero las fui rechazando una a una confiando en que mi marido cumpliera lo anunciado.
El recinto ferial de Vigo no está precisamente cerca de la ciudad, sino todo lo contrario. De lo único que está cerca es del aeropuerto y, por aquella época, las conexiones y el transporte no eran precisamente los mejores.
Se fueron todos, el recinto cerró y yo decidí bajar hasta la rotonda que daba acceso a la feria por aquello de no quedarme absolutamente sola en aquel paraje desolado. Cayó la noche y se puso a llover con esa llovizna que parece que no llueve, pero que te acaba calando hasta los huesos.
En la esquina de la rotonda la oscuridad cada vez se hacía más inquietante, así que decidí cruzar al centro, donde una farola, de luz triste y amarilla, pero al fin y al cabo luz, iluminaba al menos el círculo donde me encontraba.
Comenzaba ya a temblar por el frío cuando vi llegar un coche. No podía ser otro más que mi marido conduciendo el coche de alquiler del que me había hablado, así que se me iluminó el rostro y dibujé la mejor de mis sonrisas. El coche fue reduciendo la velocidad hasta parar a mi lado y cuando me acerqué hasta el conductor para decirle a mi marido que ya le valía con el retraso, la ventanilla se bajó y un señor (por llamarlo de alguna manera) al que no conocía de nada me dijo:
—¿Cuánto, preciosa?
Le mandé a la mierda. Punto. No fue el único, incluido mi marido al que jamás perdoné y que nunca volvió a acompañarme a una feria.
Solo quienes lo hemos padecido sabemos lo cargante y molesto que puede ser estar durante diez o doce horas al frente de un stand en una feria, sobre todo si viajas sin compañía y lo tienes que hacer todo tú.

María Victoria de Rojas
Asesora y Colaboradora en soy50plus
Ha sido directora de la revista Ejecutivos y actualmente “sigue alcanzando metas” , tal y como cuenta ella misma. Como escritora, ya lleva 4 libros publicados y es coach, speaker y co-fundadora de iconic-level.com. Es un honor para soy50plus contar con las colaboraciones de María Victoria dentro de CALMA.