El otro día estaba buscando un papel muy importante. Necesitaba localizar un documento que, por pura lógica, tenía que estar exactamente donde lo había guardado.
Ya sabéis de qué sitio hablo.
Ese archivador, caja, carpeta o cajón donde van a parar las escrituras, pólizas, contratos y todos esos documentos que algún día pueden hacer falta. Ese lugar que todos tenemos y que, en teoría, está perfectamente organizado… hasta el momento en que necesitas encontrar algo con urgencia.
Lo que ocurre es que, cuando se abre ese rincón de la casa, rara vez encuentras lo que buscas a la primera. De hecho, sospecho que esa es una de las leyes no escritas de la vida adulta. Tú buscas una cosa concreta y acabas encontrando cinco que ni siquiera recordabas que existían.
En mi caso, aparecieron unas escrituras, un recibo de un seguro pagado en 2006, la matrícula de bachillerato de mi hijo, varias garantías de electrodomésticos que hace años dejaron de funcionar y algún documento que sigo conservando por una razón que ya nadie, ni siquiera yo, sabría explicar.
Mientras iba pasando papeles me di cuenta de algo curioso. Con los años, nuestras carpetas terminan pareciéndose mucho a nosotros. Ahí dentro no guardamos únicamente documentos, sino etapas de la vida.
Hay papeles que conservamos porque son importantes, y otros porque nos cuesta reconocer que ya no lo son. A cierta edad uno descubre que guarda muchas cosas por motivos que no tienen nada que ver con la utilidad. Los conservamos porque representan un momento, una decisión, una ilusión o incluso una versión de uno mismo que, en ocasiones, ya ni existe.
La matrícula de bachillerato de un hijo, por ejemplo, habla de aquellos años en los que las conversaciones giraban alrededor de exámenes, carreras y futuros inciertos. Una escritura recuerda una firma que probablemente nos quitó el sueño durante semanas. Un seguro antiguo puede devolvernos a los viajes en coche, los niños pequeños preguntando cada cinco minutos cuánto falta para llegar y a unas vacaciones que hoy parecen de otra vida.
Esas carpetas tienen memoria. Muchas veces, más que nosotros.
Mientras las revisaba, pensé que quizá una de las cosas que cambian después de los 50 es nuestra relación con el tiempo. Cuando somos jóvenes guardamos documentos pensando que algún día los necesitaremos. Más adelante, seguimos guardándolos, pero empezamos a mirarlos de otra manera.
Me hizo gracia comprobar que en la misma carpeta convivían una fotografía y una carta escrita a mano. Ninguna tenía esa utilidad práctica que esperas, ni resolvía ningún trámite, pero fueron las dos cosas que más tiempo me hicieron detenerme. La fotografía me arrancó una sonrisa, y la carta me obligó a releerla.
A lo mejor eso explique por qué algunas cosas sobreviven a mudanzas, limpiezas generales y promesas de “esta vez voy a tirar papeles”. En la misma carpeta puede haber cosas que debemos conservar y otras que nos negamos a perder. Quizá por esto nos cuesta tanto desprendernos de ciertas cosas, por lo que representan.
Cerré la carpeta y la devolví a su sitio. El documento que había ido a buscar apareció, como casi siempre ocurre. Pero, para entonces, había dejado de ser tan importante.
Con los años, nuestras carpetas terminan pareciéndose mucho a nosotros. Ahí dentro no guardamos únicamente documentos, sino etapas de la vida.

Gemma Cuena Gil
Socia y Directora del despacho Cuena & Gómez Aguilera, S.L.P
Diplomada en Ciencias Empresariales, Marketing y RRPP por ESERP, y Bachelor of Science in Management and PR por la Queen’s University of Belfast, es además especialista en Derecho Laboral. Ha sido reconocida con la Estrella de Oro a la Excelencia Profesional y el Premio Titanes de las Finanzas 2024, aunque asegura que su mayor logro sigue siendo la confianza de sus clientes. Acaba de publicar su primer libro, No te fíes del cuñado, una guía práctica que desmonta mitos, expone errores comunes y explica lo esencial de la gestión empresarial con una pizca de humor. Es un honor para Soy50plus contar con las colaboraciones de Gemma.