Cada uno tiene sus preferencias en lo que se refiere a creadores: cineastas, escritores, artistas…. Procesos de adoración en los que la calidad de la obra se complementa con una relación en la que sentimos ser interpelados directamente por sus autores; no supone suspender el espíritu crítico, pero sí se crea una relación diferente, casi personal.
En mi caso, hay muchos. Mi capacidad de admiración es grande. En lo que al séptimo arte se refiere, hablaríamos de Mizoguchi, Kurosawa, Borau, Ford, etc, etc… y, por supuesto, Ingmar Bergman.
Creo que hay pocos creadores capaces de introducirse con tal sinceridad en el alma del ser humano, y dibujar con una gramática precisa y transparente toda su amplitud de sentimientos: dolor, miedo, soberbia, miseria, felicidad, egoísmo…. Sus películas me parecen apasionantes aventuras íntimas de descubrimiento, entre las que creo que principalmente me quedaría (difícil elegir) con Persona, El séptimo sello, Fresas salvajes, Como en un espejo, Los comulgantes y El manantial de la doncella.
Y si traigo a colación al maestro sueco hoy, es por tres razones fundamentales:
En primer lugar, una de las películas más alabadas por público y crítica este año ha sido Valor sentimental, de Joachim Trier, una cinta en la que todos han visto la inspiración en el amigo Ingmar. La historia envuelve a un padre no ejemplar con dos hijas adultas y es generosa a la hora de poner encima de la mesa el daño que puede crearse dentro de una familia, esa institución que para el director sueco era el escenario de mucho dolor y también, en ocasiones, de refugio.
La segunda es que acabo de leer un eterno pendiente, su autobiografía, La linterna mágica, y me he encontrado con un ser humano tremendamente imperfecto y posiblemente egoísta, que se hace grande por su capacidad de asumir su propia miseria. La transparencia y la despreocupación ante el hecho de contarlo es paralelo a su profundidad.
Y la tercera es que el Teatro Español, en su sala pequeña, ha puesto en pie recientemente Tras el ensayo, un diálogo a tres sobre la implacabilidad de llegar a la tercera edad y sobre cómo el fuego del amor pasión es algo susceptible siempre de apagarse. Todo ello en una magnífica versión de Ernesto Caballero. Espero que próximamente de gira.
Posiblemente, Bergman es uno de los retratistas más certeros del alma humana porque no tiene miedo a ser humano él mismo y reconocerse como tal. Si aceptamos la dureza de sus propuestas, saldremos tan sabios y doloridos como fortalecidos.
Y precisamente por eso, no es de extrañar que siempre, de una forma u otra, esté presente.
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Posiblemente, Bergman es uno de los retratistas más certeros del alma humana porque no tiene miedo a ser humano él mismo y reconocerse como tal.
