Como cuando se habla de sol y sombra uno se puede referir a muchas cosas, he decidido ir por partes.
Por un lado, tenemos, ¿cómo no?, el sol y sombra, esa bebida tan nuestra y tan popular que lo mismo se utilizaba como digestivo tras una copiosa, o no tan copiosa, comida, que como calefacción para arrancar la jornada en un frío día de invierno compitiendo en un mano a mano con el carajillo.
Está también la inevitable pregunta cuando te acercas a las taquillas de una plaza de toros para comprar entradas:
—¿Sol o sombra? – y no es una cuestión baladí, porque en determinadas épocas del año, enfrentarse a un asiento de sol, por más barato que sea puede convertirse en un deporte de riesgo.
Hablo de una plaza de toros porque allí está claro cuáles son los asientos de uno u otro tipo, pero me vale el concepto para cualquier recinto al aire libre donde se ofrezcan espectáculos.
Es también la gran pregunta cuando te acercas a un vivero a comprar plantas para tu jardín o para el balcón, porque de la orientación del lugar en el que quieras colocar a tus nuevos amigos dependerá su subsistencia.
Y luego está la curiosa forma de entender el sol y sombra en mi familia, al menos en los que a una hermana de mi padre se refiere y que quedó para la posteridad.
Me explico.
Mientras los trabajadores de los distintos corpúsculos que componían la familia paterna alcanzaban su merecido descanso vacacional, solíamos encontrarnos en el chalé que mi abuela tenía en la sierra madrileña. Los aproximadamente 55 km que separan Los Molinos de la capital podían suponer varios grados de temperatura lo que, añadido a la agradable brisa serrana y a la ausencia de contaminación y ruido, convertían aquella casa en un oasis al que huir al menos algún día del fin de semana, sobre todo los domingos. Así que honrábamos el “día del Señor” juntándonos ciento y la madre a pasar el día en casa de la abuela.
El caso es que, entre la treintena larga de primos que componíamos la familia (desgraciadamente ya muchos faltan), había dos jóvenes que, aun siendo bellas de manera natural, su madre se afanaba en convertirlas en dos fuera de serie, tanto por dentro como por fuera. En la parte del “por fuera”, no solo se preocupaba hasta la extenuación de su alimentación y su ejercicio para que ni un solo gramo de más cubriera sus esqueletos, sino que su aspecto debía ser espectacular y, en verano, cómo no, el bronceado debía forzosamente formar parte de su atuendo.
Sin ser nada del otro mundo, el chalé contaba con muchas cosas que nos hacían disfrutar de aquellos días en la sierra. Mucho espacio, varias terrazas, una piscina lo suficientemente grande para deleitar sobre todo a los más jóvenes y algo que no suele ser habitual: tres inmensas praderas en las que jugar o, simplemente, tumbarse a descansar, leer, dormir…
Lo que yo intuía de aquella rama de la familia, aunque puedo estar completamente equivocada ya que yo era entonces tan solo una adolescente, es que los pantalones los vestía mi tía mientras su marido se limitaba a transitar por la vida tratando de pasar por ella de la manera más suave posible, evitando roces que, de haber tenido un carácter más fuerte, podían haberle causado más de una y más de dos desdichas.
Aquel domingo, como otros muchos, el sol se había levantado juguetón y se divertía a nuestra costa apareciendo y desapareciendo tras las nubes, como si jugara al escondite. Mis primas, fieles a las indicaciones de su madre, se embutieron en sus escasos, sin llegar al escándalo, biquinis, extendieron sus toallas en una de las praderas y se dispusieron a cumplir con uno de sus cometidos: ponerse morenas.
No habrían pasado más de diez minutos cuando apareció mi tía por una de las terrazas y, al descubrir a sus hijas expuestas al sol como espetos a las brasas, le dijo a su marido:
—Gaspar, di a tus hijas que se pongan a la sombra que solo faltaba que se quemaran.
Y Gaspar, solícito, dejó sobre la mesa el periódico que leía apaciblemente para acercarse hasta la pradera y transmitir a sus hijas las instrucciones recibidas, recomendando que lo hicieran solícitas y sin rechistar.
Transcurrió el tiempo justo para que mi tía pusiera en una bandeja un vermut y unas aceitunas con las que alegrar a su marido el aperitivo cuando Lorenzo decidió comenzar su juego dominical y se escondió tras una nube negra oscureciendo el día hasta convertirlo en una sombra gris. Al posar la bandeja sobre la mesa, descubrió a sus hijas tumbadas a la sombra y no pudo evitar exclamar:
—¡Gaspar, por Dios! ¿Es que no ves que tus hijas van a acabar cogiendo una pulmonía sentadas a la sombra? Haz el favor de acercarte y les dices que salgan de debajo del árbol y se pongan donde el sol que, aunque esté cubierto, proporciona calor.
Gaspar, resignado, volvió a dejar sobre la mesa el vaso con el vermut que acababa de coger y que le prometía un delicioso aperitivo y se encaminó, no sin cierto aire de resignación, hasta donde estaban sus hijas para, de nuevo, transmitir las órdenes de su madre, que ellas, con igual resignación, cumplieron sin rechistar.
No fue un aperitivo tranquilo.
—¡Gaspar! ¿Es que no ves a tus hijas? Se acabarán quemando.
—¡Gaspar! ¡Las niñas! ¿Es que no las ves? Como cojan frío y se enfermen las vas a cuidar tú.
—¡Gaspar!…
Sol y sombra, una y otra vez, y en cada una de ellas, Gaspar abandonaba los placeres de su aperitivo para transmitir la misma instrucción y su contraria, hasta que ya no pudo más y, con esa sabiduría que da la experiencia, se acercó a sus hijas y les dio la que sería la última orden de aquel día:
—Hijas mías. Os adoro, lo mismo que a vuestra madre, pero necesito que me hagáis un favor. Me da igual que sea sol o sombra, decidid vosotras, pero poneos ¡donde vuestra madre no pueda veros!
Y esta es, sí señores, la forma de entender el concepto sol y sombra en mi familia.
Y luego está la curiosa forma de entender el sol y sombra en mi familia…

María Victoria de Rojas
Asesora y Colaboradora en soy50plus
Ha sido directora de la revista Ejecutivos y actualmente “sigue alcanzando metas” , tal y como cuenta ella misma. Como escritora, ya lleva 4 libros publicados y es coach, speaker y co-fundadora de iconic-level.com. Es un honor para soy50plus contar con las colaboraciones de María Victoria dentro de CALMA.