Pertenezco a una de esas generaciones, quizá la última, a la que alguna vez nos preguntaron aquello de “y tú, ¿cuándo te piensas casar? Porque se te empieza a pasar el arroz”. No, no es que fuera mayor, pero que a mis veintialgo de años no hubiera presentado en casa ni a un triste (ni alegre) novio, rayaba lo socialmente incorrecto y me vaticinaba un futuro de absoluta soledad.
Tampoco es que fuera una santa o mojigata, es que hacía mucho tiempo que había decidido no llevar a casa a nadie hasta que la decisión de casarme o vivir en pecado, como se decía entonces, estuviera casi firmada. Tomé aquella decisión a la tierna edad de 16 años, tras vivir uno de esos momentos incómodos que te marcan para el resto de tus días.
Como en tantas otras tardes, habíamos quedado la panda de amigos en encontrarnos en una cafetería cercana a mi casa. Máximo, que vivía lejos del barrio, por alguna circunstancia que ahora no recuerdo, había llegado demasiado pronto y se le ocurrió la idea de pasar por mi casa a recogerme para ir juntos y así, de paso, matar ese tiempo que le sobraba. La modernidad del portero automático todavía no había llegado a mi casa, así que subió las escaleras y llamó directamente al timbre. Abrió mi madre y debió quedar francamente impresionada con aquel chico que le preguntó: ¿está Victoria? Y es que Máximo hacía honor a su nombre: medía cerca de dos metros, tenía los ojos azules, el pelo rubio y era francamente guapo.
Mi madre aprovechó el tiempo que yo necesité para terminar de arreglarme y recoger mis cosas para someter al pobre de Máximo a un intenso interrogatorio. Llegaba yo en ese instante, lista ya para partir, cuando mi madre formuló la pregunta que me hizo jurar que jamás dejaría que alguien volviera a atravesar la puerta de mi casa:
—¿Y qué intenciones tienes con mi hija?
Yo quise morir en aquel instante, pero Máximo supo responder con gran maestría:
—De momento, tomarme un refresco y charlar un rato con ella. Después, el tiempo dirá.
Me cogió del brazo y nos fuimos.
Pasé el resto de la tarde pidiéndole disculpas y, como es fácil de adivinar, siendo el blanco de todas las bromas.
El primer objetivo que me había fijado en la vida era prepararme para encontrar un trabajo que me permitiera independizarme en cuanto fuera posible. Contra todo pronóstico (es cierto que los hados me echaron una mano con la vivienda), lo conseguí a la tierna edad de veintiún años y no fue fácil, no materialmente, sino por lo que implicaba socialmente que, entonces, que una chica joven abandonara su casa para vivir sola solo podía deberse a una conducta descarriada o a secretos ocultos.
Vivía yo tan feliz en mis 33 m² -que pueden parecer pocos, pero eran todos para mí- que, aunque tenía amigos más o menos cercanos, con derecho a roce que se ha dicho siempre, no mantenía ninguna relación formal, lo que tenía sus ventajas, pero también algún que otro inconveniente.
De entre estos últimos, el que más me molestaba era no tener nada de lo que presumir en San Valentín, porque no llegaba a mis manos ni una triste tarjeta, ni unos bombones, ni tan siquiera una flor. Pero llegó un año en el que decidí que, cuando llegara a la oficina el día 15 y me preguntaran qué me habían regalado, daría la campanada.
Cuando me independicé, pude montar mi casa sin muchas complicaciones porque disponía ya de muchos elementos que habían llegado al armario bajo el título de “ajuar”: cubertería, cristalería, batería de cocina, sábanas, mantelerías, toallas… e incluso un horno eléctrico que ya utilizaba en casa de mis padres para hacer repostería. La inversión en muebles fue mínima. Mi hermano, anterior inquilino del piso, dejó muchas cosas y el resto llegó después de visitar el Rastro en un par de ocasiones, y mis padres aportaron una vieja televisión portátil en blanco y negro que yo había adoptado hacía ya algún tiempo y a la que nadie más hacía caso.
Volvía a casa aquel 14 de febrero en mi 127 rojo pensando en mis cosas cuando me lancé la siguiente pregunta
—Pero ¿quién te quiere a ti más en este mundo, prenda?
Y me contesté:
—Yo.
Y no lo dudé. Aparqué en cuanto vi un hueco, que ya entonces se estilaba eso de la “Hora” y aparcar en la calle era una labor complicada, y crucé Alberto Aguilera para dirigirme al Galerías Preciados de Arapiles (todavía existía, sí) y darme el capricho del siglo, todo un regalazo: una televisión ¡a color!
¡Cómo disfruté! No solo del televisor, que salió francamente bueno, sino de la cara de mis compañeros cuando al día siguiente me preguntaron con sorna aquello de
—¿Qué? ¿Algún regalo ayer?
Y es que no es ninguna deshonra quererse, es más, lo recomiendo encarecidamente.
Por cierto, por si alguien se ha quedado con la duda, no me quedé para vestir santos.
Pero ¿quién te quiere a ti más en este mundo, prenda?

María Victoria de Rojas
Asesora y Colaboradora en soy50plus
Ha sido directora de la revista Ejecutivos y actualmente “sigue alcanzando metas” , tal y como cuenta ella misma. Como escritora, ya lleva 4 libros publicados y es coach, speaker y co-fundadora de iconic-level.com. Es un honor para soy50plus contar con las colaboraciones de María Victoria dentro de CALMA.