Estaba claro que el mito de Frankestein y el director mexicano Guillermo del Toro estaban condenados a encontrarse.
Del Toro ya había demostrado, en La forma del agua, su capacidad para entender a las criaturas diferentes y ofrecerles una mirada empática, frente al rechazo de la sociedad. En ese sentido, pocas criaturas tan incomprendidas nos ha dado la literatura tan necesitada de amor como el monstruo creado por un médico demente, juntando trozos de cadáveres.
Nace sin pedirlo, su “padre” científico pronto reniega de él y lo único que consigue producir en los demás es un terror irracional. ¿Nos hemos planteado que tal vez incluso tenga alma?
Esa es la apuesta de Del Toro, y desde el actor elegido para interpretar a la criatura, un joven muy alejado del ícono tradicional, todos sus esfuerzos van destinados a dotarlo de una extraña belleza y de una triste bondad, aunque para ello tenga que modificar algunos de los tramos de la novela original.
El resultado es visualmente fastuoso, increíble en su fotografía, sus decorados, su vestuario. Narrativamente apasionante y clara. Y, sobre todo, convierte algo que solía ser la base de una película de terror, en un cuento triste. Más lágrimas que gritos.
Muy lejos está el Drácula de Coppola, donde la película parecía una excusa para un barroquismo desmedido donde la criatura protagonista perdía entidad ante una mirada no definida.
Aquí la mirada es claramente de amor, y Del Toro consigue que pronto nos sintamos cercanos a ese hombre que huye al tiempo que, asumiendo su imposibilidad para morir, busca algo tan sencillo como alguien con quien paliar su soledad.
Pero la respuesta sigue siendo sólo una mirada aterrada incapaz de escuchar. ¿No será que los monstruos realmente somos nosotros?
Llego tarde con esta entrada, la película ya no puede verse en pantalla grande, pero hacedme caso, incluso en streaming es imposible no rendirse a su belleza. Exterior e interior.
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Del Toro ya había demostrado su capacidad para entender a las criaturas diferentes y ofrecerles una mirada empática. En Frankenstein, convierte la base de una película de terror en un cuento triste.
