Si has venido leyendo esta serie de lo que yo llamo “historietas”, no necesitarás que te ponga en antecedentes, pero si no lo has hecho, aunque siempre estás a tiempo, te cuento brevemente porque hay dos datos que necesitas conocer:
El primero es que mi padre fue el inventor del “helado de suegra”, de ahí el título; el segundo es que mi abuela tenía un chalé en Los Molinos al que una parte de la familia acudía con una cierta asiduidad.
Bien, pues a este chalé no solo íbamos los fines de semana, sino que una parte de la familia, en grupos de a dos ramas por turno, pasábamos un mes asentados en él junto con la abuela, quien corría con los gastos y ejercía de matriarca de la tribu.
Supongo que, por haber vivido las penurias de la guerra, mi abuela tenía una relación un tanto extraña con la comida. Generalmente tenía tasadas las cantidades y siempre tenía que sobrar algo, aunque te quedaras con hambre. Esas sobras se acumulaban hasta que un día se cenaba de restos y esa noche, aunque reventaras y ya no pudieras más, había que dejar limpia la nevera para iniciar de nuevo el proceso. El pan nunca se tiraba. Era una ley no escrita, pero que todos conocíamos y que se respetaba sí o sí. Claro que en este caso nos encantaba cumplir con ella porque para no tirar cinco pesetas de pan, nos poníamos ciegos a torrijas o a emparedados de jamón fritos, dos delicias en las que no se escatimaba el gasto en leche, huevos y aceite y que, como se partía del aprovechamiento de unos restos, podíamos terminar con ellos en una sola sesión.
Esta es la historia del milagro.
Generalmente compartíamos estancia con la misma otra rama de la familia, sobre todo porque mi madre y mi tía, además de cuñadas, eran amigas, lo les hacía más llevadero compartir casa con su suegra y vivir a sus órdenes. Siempre hacían el mismo pacto: mi tía se ocupaba de la plancha, que ella adoraba y mi madre odiaba (odio que he heredado), y mi madre se ocupaba de la cocina, no solo porque a mi tía no le gustaba, sino porque lo que mi madre guisaba, y no es solo amor de hija, hubiera merecido muchas estrellas Michelín.
El caso es que entre los que estábamos sumábamos diez personas: tres adultos, dos varones en edad de merecer, más otro varón en la preadolescencia, que al grito de ¡un jabalí, por Tutatis!, eran capaces de acabar con casi cualquier cantidad de comida, y cuatro hembras, yo, adolescente y glotona, y tres niñas más. Y mi madre recibió el encargo de dar de comer a todos con menos de tres cuartos de kilo de filetes.
Mi tía exclamó ¡imposible!, mi madre se quedó callada, se encerró en la cocina y pidió no ser molestada bajo ningún concepto.
Las niñas recibimos el encargo de poner la mesa. Era lo normal, ya contaré en otra ocasión lo de tener que hacer labor sí o sí en la sobremesa, y esperamos pacientemente a que se nos llamara a comer.
Cuando fuimos llamados y entramos en el comedor (sí, aunque fuera verano, las comidas se hacían de manera formal, nada de trajes de baño y de cualquier manera) sobre la mesa había una buena fuente de patatas fritas, una gran ensalada, los habituales cestos con el pan, las jarras de agua para los menores y una frasca con vino para las tres señoras.
Nos sentamos todos a la mesa y esperamos a que mi madre hiciera acto de presencia con el plato principal: los filetes.
A mi tía casi se le salieron los ojos de las órbitas cuando vio aparecer a mi madre con una bandeja en la que había una pirámide, sin exagerar, de filetes empanados, que fueron comida suficiente para satisfacer a todos los comensales.
—¡Milagro! -exclamó, aunque un poco por lo “bajinis” para que la abuela no la oyera.
Comimos y mientras ambas compartían aquello de fregar los platos y recoger la cocina mi tía no pudo contenerse más.
—María Victoria, ¿me puedes explicar cómo has hecho para darnos de comer con tan poca carne? Si hasta tus hijos y el mío se han dado por satisfechos…
—Muy fácil. La carne estaba tasada, pero el pan rallado y el huevo no, así que he ido construyendo los filetes: pasada por huevo, pasada por pan, pasada por huevo, pasada por pan, pasada por huevo, pasada por pan… Hasta que han adquirido un tamaño adecuado y entonces los he frito. Ha sido como hacer emparedados como poco relleno, pero capaces de contentar al estómago más exigente.
Así era mi madre, capaz de hacer milagros en la cocina y de mantener contenta a su suegra, aunque con esta abuela no funcionaran los helados.
Esta es la historia del milagro

María Victoria de Rojas
Asesora y Colaboradora en soy50plus
Ha sido directora de la revista Ejecutivos y actualmente “sigue alcanzando metas” , tal y como cuenta ella misma. Como escritora, ya lleva 4 libros publicados y es coach, speaker y co-fundadora de iconic-level.com. Es un honor para soy50plus contar con las colaboraciones de María Victoria dentro de CALMA.