“Más rápido, más alto, más fuerte”. ¿Quién no conoce este lema? Fue propuesto por Pierre de Coubertin en 1894 con el ánimo de reflejar el espíritu que debía presidir los Juegos Olímpicos. Personalmente, creo que se quedó corto, porque no solo refleja ese espíritu de competición, hoy además sana, ya que en 2021 se le añadió un apéndice, ‘juntos’, con el ánimo de enfatizar la importancia que tiene el trabajo en equipo dentro del deporte moderno, sino porque ese “Más…” está presente en muchas otras órdenes de la vida humana. Y si no ¿de qué iba a existir algo tan curioso y sin sentido como el Libro Guinness de los Récords?
Antes de que se me olvide, que a mí me gusta llamar a las cosas por su nombre y otorgar los méritos a quien de verdad los merece, el famoso lema no es original del señor Coubertin sino de su amigo Henri Didon, sacerdote dominico, predicador y defensor del movimiento deportivo internacional, a quien se lo pidió “prestado”.
El caso es que lo de poder decir “y yo más” nos gusta más que a un tonto un lápiz (que ningún tonto se me ofenda, ni ningún lápiz, que se trata de una frase hecha escrita sin intención de herir ninguna susceptibilidad) y no solo a los españoles o a los madrileños, es un mal que aqueja creo que a toda la humanidad. Para muestra, un botón, o varios: resulta que un tal Michel Lotito, natural de la vecina Francia, tenía por costumbre comer cosas tan raras como bicicletas o televisores (con razón se le conocía como Monsieur Mangetout, Señor Comelotodo), pero hubo otro señor que también pasó a la historia porque se comió 36 cucarachas en un minuto. Y yo me pregunto si no tenemos la dieta mediterránea sobrevalorada. Supongo que Indiana Jones envidiaría la destreza con el látigo de Adam “Crack” Winrich, quien fue capaz de apagar 102 velas en tan solo un minuto utilizando tan curioso artefacto o capturar en el mismo espacio de tiempo 18 botellas.
Pero centrémonos en lo importante ¿cuál es la relación de Madrid con los récords Guinness? Bueno, pues resulta que en 2019 desbancamos a la ciudad japonesa de Sannai-Maruyama en el noble arte del origami. Mientras ellos solo habían conseguido construir un mural con 2.160 cerditos realizados con esta técnica, los madrileños llegamos a los 3.000. ¿Útil? Para nada, pero “nosotros más”. Otro récord verdaderamente interesante y que cambió la vida de la ciudad es que conseguimos que 737 personas, reunidas todas en un mismo lugar, hicieran un globo de chicle a la vez. También logramos que una banda de rock estuviera tocando sin parar durante veinticuatro horas, algo que nadie había hecho antes (espero que al menos cobraran bien el concierto). Y uno que sí hace que mi corazoncito lata con cierta alegría: el conocido restaurante Botín, en realidad Sobrino de Botín, lleva deleitando paladares nada menos que desde 1725, ahí es nada, y se le considera el restaurante más antiguo del mundo.
Pero hay uno que, aunque no figura en el Libro Guinness de los Récords, ni lo ha estado nunca, ni lo estará jamás, para mí es el más importante de todos. Me lo enseñó mi padre cuando, siendo muy pequeña, me llevaba de la mano al colegio atravesando las callejas que habitan el corazón de Madrid, desde la plaza de la Ópera hasta Atocha.
Diga lo que diga el famoso libro de los Récords, el bar más grande del mundo se encontraba en Madrid, muy cerquita de la Puerta del Sol. Me lo contaba mi padre cuando pasábamos por delante de la fachada: “Hija. Este es el bar más grande el mundo. Se entra por Cádiz y se sale por Barcelona”.
Ciertamente, en la confluencia del callejón de Cádiz y la calle de Barcelona existía un bar con acceso a las dos vías. Aunque no creo que se trate del mismo negocio, hoy continúa habiendo un establecimiento que puede presumir de ser el más grande del mundo, aunque no lo diga el libro de los récords y solo forme parte del saber que mi padre me transmitió en aquellos paseos camino del colegio.
“Hija. Este es el bar más grande el mundo. Se entra por Cádiz y se sale por Barcelona”

María Victoria de Rojas
Asesora y Colaboradora en soy50plus
Es un lujo para soy50plus ver Madrid con los ojos, y la sonrisa, de María Victoria, que ha sido directora de la revista Ejecutivos y actualmente “sigue alcanzando metas” , tal y como cuenta ella misma. Como escritora, ya lleva 4 libros publicados y es coach, speaker y co-fundadora de iconic-level.com.