Casi seguro que todos/as durante buena parte de nuestra vida hemos querido más. Más tiempo. Más dinero. Más viajes. Más proyectos. Más experiencias. Más oportunidades. Más de casi todo.
Y yo, al menos, también he necesitado sentirme más querido.
Por lo general, la vida es casi una competición. Aspiras a conseguir más cosas, llegar lejos, enamorarte, tener éxito, que te reconozcan, que te admiren y, a ser posible, que alguien se dé cuenta de lo extraordinario que eres sin necesidad de explicárselo demasiado.
Hasta que un día te das cuenta de que has estado confundiendo dos cosas bastante diferentes: querer más y querer mejor.
Porque aspirar a más es relativamente sencillo. Basta con no estar nunca satisfecho.
Hacerlo mejor exige bastante más inteligencia.
Significa aprender a elegir. A distinguir entre lo que deseas de verdad y lo que simplemente te han convencido de que deberías desear. Entre las personas que te importan y aquellas de las que mantienes cerca por pura inercia.
Y también significa cambiar la manera de relacionarte con los demás.
Dejar de pretender que las personas sean exactamente como tú necesitas. Aceptar sus manías, sus contradicciones y esa irritante costumbre de no hacer siempre lo que tú consideras razonable.
Abandonar la contabilidad emocional. Dejar de calcular quién llamó primero, quién cedió más o quién tiene pendiente pedir perdón desde aquella discusión de 2017.
Que tampoco hace falta convertirse en la Madre Teresa de Calcuta. Hay gente a la que, cuanto más lejos, mejor se la aprecia.
Pero hay algo más que, seguro, descubres con los años: también tienes que aprender a tratarte mejor a ti mismo.
Con tus errores, tus arrugas, tus decisiones discutibles y esa versión de ti que probablemente ya no ganaría ningún concurso de flexibilidad.
Y, sobre todo, dejar de exigirte ser alguien distinto para merecer tu propio cariño.
Quizá una de las grandes ventajas de cumplir años sea precisamente esa: entender que el amor, la amistad y la vida no mejoran necesariamente por acumulación.
Mejoran por atención. Por generosidad. Por dedicar tiempo a quienes importan y aprender a no dar por supuesto que siempre estarán ahí.
Así que este viernes solo voy a recordarte que no se trata de cuántas personas tienes en tu vida, sino de cómo las tratas y de lo que eres capaz de compartir con ellas.
Porque, a estas alturas, uno empieza a entender que querer mucho no siempre significa querer bien.
Y que aprender la diferencia, y nunca es tarde para hacerlo, quizá sea una de las mejores opciones que nos regala la vida.

Txema Arnedo
Co-fundador de soy50plus
Ingeniero Industrial, curioso, apasionado por la tecnología, cofundador de soy50plus. Nunca ha visto “Los lunes al sol”