No sé si existe el concepto de pintura literaria. El caso es que algo así sentí al visitar la exposición de Hammershoi en el Museo Thyssen: “El ojo que escucha”.
Al principio pensé que la sensación se debía a que gran parte de los cuadros de este pintor han servido de portada a cantidad de libros. Son tan sugerentes como poco intrusivos. Recuerdo, en concreto, varios de bolsillo en Alianza Editorial, relatos de Karen Blixen, algún Faulkner….
Pero reflexionando un poco llegué más lejos: de esa exposición, y en general de lo que Hammershoi ha pintado, me interesan especialmente los interiores. Mucho más que algunos paisajes que, de hecho, me sorprendió encontrar.
No me cuesta entrar en esas habitaciones, casi construidas desde la luz que en muchas ocasiones está presente en su ausencia, descubrir esas puertas entreabiertas que dejan entrever otras habitaciones y otras más casi idénticas, y esas mujeres siempre de espaldas, siempre sin rostro, pero con posturas que las adscriben al lugar que ocupan.
Creo que son historias. Que tanto las casas como los pocos personajes nos están contando historias. Por detrás, de un pasado que las ha colocado allí; y por delante, de un futuro que posiblemente no sea muy diferente de su presente.
Son historias que resuenan en el teatro de Ibsen y Strindberg, en las películas de Bergman y en las novelas de Jon Fosse. Hablan de la soledad y, desde esa soledad ajena al exterior, ofrecen una visión del alma humana con todas sus contradicciones. Es una narrativa nórdica, fría, en la que el hogar es refugio y, al mismo tiempo, germen de heridas interiores.
Y así estos cuadros se convierten en relatos intuidos, con los límites sin definir y abiertos a que seamos nosotros quienes, cada uno desde su propia experiencia y sensibilidad, los complete.
Un ejercicio precioso, el milagro de poner en imágenes lo abstracto.
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Creo que lo que Hammershoi ha pintado son historias. Que tanto las casas como los pocos personajes nos están contando historias. No sé si existe el concepto de pintura literaria, pero algo así sentí al ver su exposición en el Thyssen.
