Madrid y yo… y la moda

María Victoria de Rojas

25/11/2025

Madrid y yo y la moda 2

Si digo que Madrid está y es moda serán pocas las voces que se alzarán para llevarme la contraria. Alguna habrá y tendrá todo mi respeto, como no podría ser de otra forma, pero le pediría que me rebatiera alguna cosilla:

Madrid está de moda porque no para de crecer el número de turistas que visitan nuestra ciudad. Ahora ya solo falta que, además de venir, estén dispuestos a gastar más, que está muy bien que vengan, pero ofrecer todo lo que ofrecemos y cuidar la ciudad como la cuidamos no es precisamente barato.

Pero también “es moda” y no solo porque así se llame nuestro sello de calidad o por el prestigio de nuestro certamen más internacional, la Mercedes-Benz Fashion Week (aunque a mí me gustaba más cuando se llamaba Pasarela Cibeles, que el nombre la hacía ser como más nuestra), sino porque empezamos a defender nuestros gustos allá por el siglo XVIII y, si no, que se lo pregunten a Esquilache.

¿Quién no ha oído hablar del Motín de Esquilache? Quizá no todo el mundo lo ubique, aunque la gran mayoría seguro que dirá que fue una revuelta que se inició en Madrid contra el Marqués de Esquilache al que se culpaba de la hambruna que asolaba la ciudad.

Cierto, la semilla de la revuelta no fue otra que el hambre que padecían los madrileños: el pan había duplicado su precio en tan solo cinco años, mientras que los salarios (¡qué curioso! es como si el tiempo no hubiera pasado) en el mejor de los casos habían conseguido mantenerse; en el peor y para la gran mayoría, habían bajado.

La ciudad de Madrid era una olla a presión a punto de explotar, pero el detonante para que finalmente lo hiciera fue algo tan simple y tan poco esperado como una cuestión de moda.

El caso es que el marqués de Esquilache, apelativo que correspondía a Leopoldo de Gregorio, protagonista de esta historia e italiano de cuna que Carlos III se había traído de Nápoles como hombre de confianza, no venía con malas intenciones, al menos sobre el papel, pues se había propuesto modernizar la villa de Madrid para que pudiera competir con el esplendor de cualquier otra Corte europea. El plan de modernización incluía la pavimentación y el alumbrado público de las calles y la mejora de la limpieza viaria que, además, incluía la construcción de fosas sépticas. Esta última medida pudiera parecer poco atractiva, pero si se piensa que la alternativa era mantener la posibilidad de ser duchado en plena calle por un ¡agua va!, su poder de atracción aumenta significativamente. En cualquier caso, ministro de Hacienda y, encima, extranjero, por muy buenas intenciones que trajera, el señor contaba con todas las papeletas para obtener el odio de aquellos a los que quería beneficiar.

Hacía unos cien años que los madrileños habían adoptado el uniforme que utilizaba la guardia de la reina Mariana de Austria, introducido por el mariscal Schömberg durante la regencia de la minoría de edad de Carlos II, y lo habían convertido en vestimenta castiza, a la sazón la capa larga y el chambergo (sombrero de ala ancha). Pues bien, amparándose en que tal indumentaria permitía llevar armas ocultas facilitando la comisión de toda clase de delitos que quedaban impunes al permitir al embozado guardar el anonimato, decidió de buenas a primeras prohibir su uso.

Y dijimos que no, que la capa corta y el sombrero de tres picos que nos quería imponer podrían ser lo más chic en la Italia natal de este marimandón, pero que en nuestro Madrid seguiríamos usando capa larga y preguntándonos ¿quién vive?, porque a nosotros, esto de ir embozados por la vida nos parecía lo más de lo más.

La liamos parda en Madrid con el motín, pero ¿qué conseguimos? Poco para lo que tendría que haber sido porque, aunque otras muchas ciudades se sumaron a la revuelta, como cada una fue a su aire, la revolución duró lo que la explosión de una botella agitada de vino espumoso.

Conseguimos echar a Esquilache, pero no a todos los italianos, ya que muchos otros continuaron formando parte de los hombres de confianza del rey, ¡ah!  y una rebaja en el precio del pan, poco más. Afortunadamente, los planes urbanísticos siguieron adelante, sobre todo en las cuestiones del saneamiento, motivo por el que, agradecidos como estamos a todo lo que finalmente se hizo, concedimos a Carlos III el título honorífico de “mejor alcalde de Madrid” que aún conserva.  

En cuanto a nuestra moda castiza, nos ganaron por goleada y no porque se recrudecieran las consecuencias de la dichosa Real Orden, sino por una artimaña mucho más arpía. Los muy ladinos convirtieron la capa larga y el chambero en el uniforme de los verdugos, profesión con la que nadie quería ser identificado, y ambas prendas desaparecieron rápidamente de los armarios.

Nos ganaron la batalla, pero ni por asomo nos rendimos en esto de tener nuestra moda castiza. No tardarían en llegar los majos, los manolos, los chulapos o los chisperos, pero esta historia queda para mejor ocasión

En cuanto a nuestra moda castiza, nos ganaron por goleada y no porque se recrudecieran las consecuencias de la dichosa Real Orden, sino por una artimaña mucho más arpía.

María Victoria de Rojas

María Victoria de Rojas

Asesora y Colaboradora en soy50plus

Es un lujo para soy50plus ver Madrid con los ojos, y la sonrisa, de  María Victoria, que ha sido directora de la revista Ejecutivos y actualmente “sigue alcanzando metas” , tal y como cuenta ella misma.  Como escritora, ya lleva 4 libros publicados y es coach, speaker y co-fundadora de iconic-level.com.