Robin Hood es un héroe clásico, todos hemos vivido con él, en lecturas, cómics, películas. El forajido que robaba a los ricos para repartir el botín entre los pobres, y su banda de delincuentes entre los que destacaba Little John.
Los héroes deberían quedarse anclados en nuestra memoria tal y como nacieron en la leyenda, a fin de cuentas, conforman algo tan importante como nuestros recuerdos. Pero vivimos en tiempos poco respetuosos con las mitologías.
El ocaso de los héroes no solo implica verlos envejecer, sino también pedir realidad a su existencia, cuestionar sus hazañas y buscar su lado humano, Y en esto último, de una manera u otra, todos tenemos grietas.
La muerte de Robin Hood es una película que nos enfrenta al mito.
Desde la distancia, nos presenta una historia, sí, mucho más creíble que la que habíamos escuchado hasta ahora. El bandido era tan cruel y amoral como todos los que entonces poblaban los bosques. Un hombre sin alma capaz de asesinar por un pedazo de pan y, cuando ya se acerca a la vejez, perseguido por todas las venganzas de sus crímenes.
Una vez que hemos aceptado que tenemos que hacernos mayores, la película de Michael Sarnovski es muy interesante. Desde una violencia explícita muy potente, y con una fotografía que dibuja paisajes otoñales, parejos a la decadencia del protagonista, nos recuerda que ni siquiera los héroes son eternos, mucho menos los villanos.
Pero estemos agradecidos. El director deja un punto de esperanza para que, aquel al que admirábamos, tenga la oportunidad de demostrar que alguien que ha vivido tanto, también ha podido aprender misericordia y justicia.
Está lejos de Errol Flynn, pero no por ello deja de ser disfrutable como película de aventuras. Algo más oscura, eso sí. Pero también nosotros nos hemos hecho mayores.
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La muerte de Robin Hood es una película que nos enfrenta al mito. Nos recuerda que ni siquiera los héroes son eternos, mucho menos los villanos.
