Prisas (los viernes a la sombra)

Txema Arnedo

23/10/2026

Prisas (los viernes a la sombra

Durante buena parte de mi vida he tenido prisa. Mucha prisa.

Prisa por llegar. Por terminar. Por empezar otra cosa. Por contestar ese correo que acaba de entrar. Por aprovechar el día. Por no perder el tiempo.

He llegado a tener prisa incluso cuando no tenía absolutamente nada que hacer.

Lo cual, bien pensado, tiene bastante mérito.

Durante años he vivido convencido de que ir deprisa era una virtud. Una señal de eficiencia, de compromiso, de que estaba haciendo algo importante. Si mi agenda estaba llena, todo iba bien. Si tenía un hueco libre, probablemente se me había olvidado algo.

Y así, sin darme cuenta, convertí la vida en una carrera de velocidad sin saber dónde estaba la meta.

Lo peor es que las prisas son contagiosas.

Alguien te dice «lo necesito urgentemente» y tú, sin preguntar para qué, incorporas su urgencia a tu colección particular. Un WhatsApp exige respuesta inmediata. Un correo lleva un «ASAP» que parece una amenaza internacional. Y una reunión que podía resolverse en cinco minutos acaba ocupando una hora porque, curiosamente, nadie tiene tiempo para pensar.

Hasta que un día empiezas a sospechar que quizá llevas demasiados años corriendo para llegar a sitios en los que tampoco pasaba gran cosa.

Recuerdo comidas que terminé deprisa para volver al trabajo. Paseos que convertí en desplazamientos. Conversaciones que interrumpí mentalmente porque estaba pensando en lo siguiente.

Y vacaciones. Ah, las vacaciones. Esa maravillosa oportunidad de levantarte a las siete de la mañana para visitar doce monumentos, recorrer tres pueblos y regresar al hotel agotado, pero con la satisfacción de haber aprovechado el día. Como si descansar fuera una asignatura que también hubiera que aprobar.

Pero hay algo que cambia con los años. Empiezas a entender que el tiempo no se aprovecha necesariamente llenándolo de cosas. Que llegar cinco minutos antes no siempre supone una victoria. Que algunas de las mejores experiencias de tu vida ocurrieron precisamente cuando dejaste de mirar el reloj.

Y, sobre todo, descubres una diferencia fundamental entre tener cosas que hacer y tener que hacerlas corriendo.

No se trata de volverse lento, pasota o irresponsable. Hay compromisos, plazos y urgencias de verdad. Si alguien necesita una ambulancia, por favor, no aproveches para practicar la filosofía de la calma.

Pero la mayoría de nuestras urgencias son bastante menos heroicas, son simplemente costumbres disfrazadas de obligaciones.

Y entonces empiezas a permitirte pequeños actos de insubordinación: caminar sin adelantar a todo el mundo. Tomarte el café sentado. Dejar que suene el teléfono si estás disfrutando de una conversación. No llenar cada hueco de la agenda como si el espacio en blanco fuera un fracaso personal. Incluso hacer algo verdaderamente revolucionario: llegar a casa sin sentir que todavía tienes que producir algo.

Lo curioso es que, cuando bajas el ritmo, no necesariamente haces menos cosas. A veces haces las mismas, pero te enteras de lo que estás haciendo.

Y eso cambia bastante la experiencia.

Porque la vida tiene una pequeña crueldad: cuanto más corres para aprovecharla, más posibilidades tienes de que se te pase sin darte cuenta.

Así que este viernes he decidido algo. Voy a seguir haciendo planes, trabajando, viajando, equivocándome y metiéndome en algún que otro lío. No pienso convertirme en un monje contemplativo ni dedicar mis mañanas a escuchar cómo crece la hierba.

Pero voy a intentar hacerlo sin esa sensación permanente de llegar tarde a mi propia vida. Porque a estas alturas ya no me preocupa tanto llegar el primero. Me preocupa bastante más disfrutar del camino.

Y si llego un poco más tarde…

Que me esperen.

Txema Arnedo

Txema Arnedo

Co-fundador de soy50plus

Ingeniero Industrial, curioso, apasionado por la tecnología, cofundador de soy50plus. Nunca ha visto “Los lunes al sol”