Genios que dialogan con genios

Santiago Quiroga

02/10/2026

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Rita Hayworth, tras separarse de Orson Welles, alegó, entre otras razones, que era muy difícil convivir con un genio las veinticuatro horas del día.

Al margen de la anécdota, es cierto que su exmarido era considerado un portento desde que a los 25 años escribió y dirigió Ciudadano Kane. A partir de ahí, y entendiendo que no hay filmografía que sólo tenga obras perfectas, muchas veces revalidó su maestría.

No es sorprendente que un genio cinematográfico se sintiese atraído por un genio literario. Bueno, por varios, porque Welles adaptó a Kafka y tenía prevista una obra basada en relatos de Karen Blixen. Pero tres veces, nada menos, se acercó a los dramas de William Shakespeare.

El resultado, siempre apreciable, es diverso:

Welles afrontó Macbeth desde un punto de vista arqueológico, convirtiendo a los protagonistas en monarcas casi primitivos en un castillo en ruinas. Oscureciendo aún más sus almas, ofrecía una versión tan negra que parecía casi un relato de terror. Notable.

En Othello se decidió por un ejercicio artístico tan magnífico como monumental y apabullante. Un resultado visual que hace que cada fotograma sea digno de enmarcarse. Más allá de la narración, ya conocida, lo que nos ofrece el director es una obra estéticamente casi operística. Bien.

Pero de lo que debemos estar satisfechos es de que la que sin duda es la más perfecta de las tres, y una de las mejores adaptaciones del dramaturgo inglés, sea Campanadas a medianoche. Aquí, Welles decidió llevar a cabo una combinación de varias obras para rendir un homenaje a un personaje, el inolvidable Fastalff. Alcanzó un nivel de humanidad cargado de emoción y, técnicamente perfecta, consigue una de las más geniales representaciones de una batalla que recuerdo. Lo que podemos celebrar es que, gracias a la fe de Emiliano Piedra, la producción fue española. Sobresaliente.

Las tres obras ofrecen tres formas singulares de relación entre el cine y el teatro shakespiriano, diferentes e importantes las tres.

No fue el único, claro, y algún día tendremos que hablar de Kurosawa, a quien se deben dos de las más grandes adaptaciones del inglés: El trono de sangre (Macbeth) y Ran (El Rey Lear).

En cualquier caso, el diálogo entre genios es siempre interesante, a fin de cuentas, un choque que siempre, incluso con los resultados más cuestionables, produce sorprendentes chispas de luz.

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No es sorprendente que un genio cinematográfico se sienta atraído por un genio literario. En el caso de Orson Welles, nada menos que tres veces se acercó a los dramas de William Shakespeare.