Despedirse para siempre

Santiago Quiroga

14/11/2025

El camino vasco de Fernando Aramburu se refleja en Patria, una novela ambientada en una localidad y el entorno de  ETA. Publicaciones de soy50plus

Nunca es fácil despedirse de alguien para siempre y, lamentablemente, a nuestra edad es más frecuente de lo que nos gustaría. Por supuesto, es ley natural, pero los sentimientos no saben de razones, y mejor que así sea: la tristeza es una de esas cosas que nos hacen más humanos.

Contar con sinceridad la pérdida de alguien cercano es un ejercicio que, seguro, tiene mucho de desahogo, pero también de generosidad. Yo creo que no sería capaz de compartir algo tan íntimo, y al mismo tiempo, tengo que decir que algunas lecturas me han ayudado a darle otra dimensión al fallecimiento de mis padres.

Uno de ellos, Las Gratitudes de Delphine de Vigan , habla del final desde la ficción. La protagonista se verá empujada a acompañar a una mujer anciana en sus últimos días, compartiendo su pequeña decadencia y, a pesar de su decisión de ayudar, con esa carga de culpabilidad que siempre sentimos frente a los inocentes que sufren. Es una novela que retrata la realidad desde la ternura, pero sin protectores, y que sin duda nos ayuda a sentir que es inexorable que llegue el final y también que no estemos preparados.

El jardinero y la muerte, de Gueorgui Gaspodinov, un título con aire de cuento, es diferente, porque aquí su autor nos cuenta la pérdida de su propio padre, y desde esa situación viaja, desde el pasado de los recuerdos, al futuro de la ausencia. No hay impostura, y posiblemente, quienes hemos estado en una situación parecida, nos sintamos reconocidos en muchos momentos.

Personalmente, lo leo con la sensación de dialogar con alguien que, como yo, nunca resolverá la duda de hasta qué punto alguien puede desaparecer para siempre, cómo algo tan grande como una vida puede evaporarse a medida que se deshacen los recuerdos. Y alguien que como yo vive con la ansiedad de intentar atrapar eso que, sin remedio, se escurre entre los dedos.

Supongo que, al final, sólo nos queda aceptar, ser conscientes de que nos abandonan como nosotros abandonaremos. Y, como escribe Gaspodinov, tener la seguridad de que hemos estado ahí hasta que era posible; que, como en los largos vuelos o en las operaciones, los hemos acompañado hasta la puerta.

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