Volveremos a viajar: Belgrado

Enrique de Pablo Domingo

22/04/2021

VACUNA

Uno pensó, cuando llegó, que bien podría ser una parada a incluir en esos tours por capitales centroeuropeas, junto a Praga, Viena, Budapest… y de ellas, sin duda sería las más barata y festiva, por lo que daría muy bien como fin del viaje. Pero estando allí, también llegué a la conclusión de que Belgrado puede merecer perfectamente un viaje como el que uno hizo, esto es, expresamente para conocerla y, lo que es mejor, vivirla.

La Ciudad Blanca -que es lo que significa Beograd– no sólo es un sitio para visitar y disfrutar, también para asistir a la Historia. Su situación y su controvertido entorno la convirtieron en una especie de trasbordo entre Oriente y Occidente, lo que ha condicionado su devenir y hasta su carácter. Ortodoxa por su orientación a Bizancio, turca durante 400 años tras la invasión otomana, liberada por Rusia en el siglo XIX y foco candente en las dos guerras mundiales, sin contar la cruel que desangró sus entrañas tras la desmembración de aquel estado artificial y sin embargo casi vertebrado que fue Yugoslavia. En total, 44 veces ha sido golpeada y otras tantas ha conseguido levantarse.

Según la describen, y así es, Belgrado crece entre dos ríos, el Sava, que riega su corazón, y el Danubio, que parece cubrirle las espaldas. Pero el visitante repara enseguida en que son tres en realidad: el tercero es ese torrente incesante de gente que fluye a cualquier hora por Terrazije, la gran arteria, que a la altura del Hotel Moscú ha de ensancharse para dar paso a todo ese caudal, y desemboca en el Templo de San Sava, la mayor iglesia ortodoxa de los Balcanes y una de las más grandes del mundo, cuya cúpula se anuncia mucho antes de llegar.

Hablamos de la gente. Esta ciudad derrocha energía y ganas de vivir, como no es quizás de extrañar conociendo de dónde viene y por dónde ha transitado esa población. El carácter serbio se ha hecho en todos esos pasajes: dignidad, orgullo y ganas infinitas de agradar al visitante, por ejemplo, dándole suculentamente de comer. ¿Te gusta la buena carne? Por lo demás, diríase que el blanco que la nombra es como la síntesis luminosa de todos sus colores. En verano, vive en las terrazas y en las tiendas de la peatonal Mihailova, que no por comercial deja de imponer respeto recorrerla. Por ejemplo, hacia Kalemegdan, el frondoso reducto que alberga la fortaleza de la vieja y originaria Singidunum, desde donde se observa la conjunción de los dos ríos.

Por allí se escapará el sol al atardecer y la ciudad presentará otro de sus atractivos, una noche sin fin. Bien por los barcos, suntuosos como palacios, que se extienden a lo largo de la ribera del Sava; bien por la empedrada Skadarlija, la calle bohemia que invita a hacer escala técnica en cada una de sus “estaciones”. Pero por la que también es posible precipitarse al laberinto de emociones que por entonces -hace unos diez años- llamaban Silicon Valley, y no me pregunten por qué, que no lo voy a decir. Vayan y compruébenlo.

Y no es intención hacer competencia a nuestra maestra de cócteles, pero decir que por aquí uno se citó con el mejor Cosmopolitan que haya tomado. Su factor diferencial no es otro que el zumo de arándanos, único por estas tierras, y ya sin aditamentos etílicos, verdadero elixir de la vida de los belgradenses.

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Desde nuestra perspectiva geográfica y cultural, Serbia y su capital se antojan bastante más lejanas que la más occidental Croacia. No hay más que reparar en la oferta de vuelos. Sin embargo, uno da fe de que llegarse hasta Belgrado merece la pena el esfuerzo, la promesa y hasta perder la razón, cuando no la maleta.