Por si acaso el karma…

María Victoria de Rojas

14/10/2026

Por si acaso el karma

En mi casa, la educación social siempre estuvo en manos de mi madre y éramos las chicas, bueno, en realidad yo, porque mi hermana suponía un mundo aparte, las destinatarias de sus desvelos. No es que a los chicos se les permitiera comportarse como primates, pero en cuanto a las reglas sociales, digamos que se suavizaban las exigencias.

Hoy le agradezco infinito que me abriera los ojos a ese mundo porque conocer el protocolo social, que lamentablemente se está olvidando, hace que me sienta especial en muchas ocasiones.

El caso es que sé montar una mesa completa, ubicar a los comensales en sus correspondientes espacios, agradecer una invitación y corresponder con el regalo adecuado para cada ocasión. Porque no, no te puedes presentar a una cena con una botella de vino y quedarte tan a gusto por lo bien que has quedado, ni aparecer con dulces o con el socorrido ramo de flores, porque la cosa es mucho más complicada. Pero esa es otra historia.

Lo que motiva esta historieta es que, entre las muchas cosas que mi madre me enseñó, fue conocer que no todos los tamaños de tazas sirven para cualquier ocasión y que, curiosamente, existe uno específico para la hora de la merienda. No lo aprendí como mera teoría, porque había heredado de su familia un juego de merienda de porcelana, con las piezas numeradas, seguramente pintadas a mano, y pude apreciar que ciertamente tienen un tamaño especial, lo justo para poner una nube de leche sobre un humeante té. Una obra maestra que había pasado de generación en generación hasta llegar a sus manos.

Adoro Madrid, pero es verdad que tiene un clima un tanto extremo. Algunos días de verano quisieras vivir dentro de la nevera y otros, en invierno, aunque ya no se estile, quisieras permanecer bajo las mantas de la mesa camilla con el brasero encendido. Una esas tardes de invierno helador, llegué a casa necesitada de entrar en calor por el medio que fuera y pensé que lo mejor sería hacerme una infusión. Ingenua de mí, decidí utilizar una de esas maravillosas tazas que se suponía se debían usar en tiempo y modo como el que se me presentaba. Acababa de servirme la infusión soñando con llegar al salón, la pieza más caliente de la casa, cuando mi madre hizo acto de presencia en la cocina. Apenas me vio soltó un alarido.

—¿Estás loca? ¡Cómo se te ocurre coger una de esas tazas! ¿No ves lo frágiles que son? ¿Qué quieres, que se te rompa?

Sin que pudiera reaccionar, volcó mi infusión en uno de esos mug que, gracias a que se usaban como regalos de propaganda, por lo que no importaba para nada que se rompieran, y me arrebató de las manos taza y plato para lavarlos con todo el mimo del mundo.

Quizá hubiera estado mucho más guapa si hubiera sido capaz de cerrar la boca:

—Entonces ¿para qué quieres estas tazas, para que acumulen polvo y un día cualquiera alguien las rompa sin haber llegado a disfrutarlas? ¿Forman parte de esas cosas que se tienen solo para presumir, se miran, pero no se tocan? Como los salones “de enseñar” que tanto criticas…

Si las miradas matasen, aquel día mi familia hubiera contado con un miembro menos. Con tanta discusión, la infusión se había quedado fría, así que volví a ponerla al fuego (no, el milagro del microondas todavía no se había producido) y decidí pasar el resto de la tarde lo más alejada de mi madre que pudiera.

Tanta pasión por acumular vajillas, cristalerías, juegos de café, té, merienda, fuentes, jarras y demás elementos para vestir el condumio había conseguido que mi padre se rindiera y construyera en el comedor un gran armario donde proteger aquel tesoro. El problema fue que, junto con las obras de arte, allí se guardaba la vajilla y la cristalería de diario, esa que no importaba que sufriera desperfectos o incluso se rompiera, por lo que el armario se abría y cerraba constantemente.

Aquel nefasto día, mientras mi madre se afanaba por terminar la comida, mi hermana, que rara vez se ocupaba en casa de algo que no fuera su propia persona, decidió colaborar con el montaje de la mesa. Estaba yo llegando a la cocina para emplearme también en aquel menester, cuando un estruendo horroroso hizo que el corazón de mi madre y el mío se encogieran hasta casi desaparecer. Cuando nos asomamos al comedor, nos encontramos a mi hermana paralizada delante de un armario cuyas baldas se habían venido abajo, rodeada de pedazos de lo que un día había sido el tesoro de las mujeres de la familia y sin atreverse a mover un músculo por si el destrozo se hacía aún mayor.

No quedó otra que empezar a recoger para limpiar y que pudiéramos comer.

Revolvía mi madre entre los escombros buscando supervivientes cuando, entre tanto desastre, descubrió sus adoradas tazas de merienda. No sin desperfectos, entre trozos de vidrio, loza y porcelana, mi madre recuperó cinco tazas con sus correspondientes platillos que, con lágrimas en los ojos, puso en mis manos.

—Toma hija. Quédatelas tú antes de que tu hermana consiga rematar la faena.

Alrededor de cincuenta años y siete mudanzas después, las tazas sobreviven en el mismo estado en el que me fueron entregadas. Juro que he usado las dos que resistieron intactas por miedo a que el karma decidiera vengarse de mí por sonreír cuando mi hermana destrozó el tesoro de “no usar”.

Quizá hubiera estado mucho más guapa si hubiera sido capaz de cerrar la boca:

María Victoria de Rojas

María Victoria de Rojas

Asesora y Colaboradora en soy50plus

Ha sido directora de la revista Ejecutivos y actualmente “sigue alcanzando metas” , tal y como cuenta ella misma.  Como escritora, ya lleva 4 libros publicados y es coach, speaker y co-fundadora de iconic-level.com. Es un honor para soy50plus contar con las colaboraciones de María Victoria dentro de CALMA.