
Con Hang Kang, flamante Premio Nobel de Literatura, me ha ocurrido algo que últimamente viene siendo habitual en estos galardones: autora desconocida, con poca obra traducida en nuestro país, que una vez conocida me resulta fascinante. Pero esta vez esa fascinación tiene un punto de oscuridad.
He leído ya tres de las cuatro novelas traducidas al castellano. Son todas fascinantes, áridas, extrañamente hermosas y, sí, crueles. Kang recoge en todas ellas una visión de la violencia en nuestra realidad contemporánea, pero lo hace con un equilibrio perfecto entre la distancia y el compromiso. El resultado es una muestra fría en la que ni siquiera podemos atisbar su posición.
La vegetariana fue la primera. Es una obra que analiza con lucidez el hecho de que sea imposible conocer a otra persona en su base absolutamente íntima. Incluso aquellos que conviven con nosotros son, en algún nivel, extraños. Y es posiblemente esa extrañeza dentro de un ámbito cotidiano, lo que genera una violencia desconcertada y por ello agresiva, que termina en la expulsión del diferente.
Imposible decir adiós cuenta con unas páginas de una belleza sobrecogedora y presenta, desde el minimalismo, un nivel onírico muy atractivo. Aquí se trata la violencia como virus, el resto que queda, como la baba de un caracol. Empañando para siempre el camino.
Por último, acabo de terminar Actos humanos, la más expresiva y transparente. Habla de una masacre llevada a cabo por el ejército coreano sobre civiles por oponerse a la dictadura. Y lo que aquí nos ofrece Hang Kang es una autopsia descarnada y rigurosa del suceso, desde el sufrimiento de quienes lo vivieron en primera persona hasta la culpa de aquellos que siguieron vivos, pasando por la descripción detallada de los cadáveres y su putrefacción.
Posiblemente lo que hace Kang es enfrentarnos a una realidad más cercana de lo que pensamos y, probablemente, nos lleve a preguntarnos cuál es nuestra posición frente a ello. La desolación surge de que en ningún caso habla de salvación, no nos aclara si los papeles de víctima y verdugo son intercambiables. Probablemente la labor de un escritor no esté en las soluciones.
Y, probablemente, entre nuestras responsabilidades está ser conscientes del mundo que estamos creando.
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La flamante Premio Nobel de Literatura recoge en sus novelas una visión de la violencia en nuestra realidad contemporánea, pero con un equilibrio perfecto entre la distancia y el compromiso.