
No sé qué tendrían los internados británicos, pero el caso es que, si nos atenemos a la bibliografía tradicional, han sido una verdadera incubadora de espías. Recuerdo al respecto películas como Otro País y, sobre todo, en lo que se refiere a literatura, las referencias de nuestro Javier Marías, intuido en Todas las Almas y plenamente desarrollado en Tomás Nevinson.
Creo que los paradigmas en cuanto a narrativa dentro del género son Le Carre y Fleming, con dos ejemplos opuestos: Smiley, el intelecto; y Bond, el físico. Personalmente, me quedo con el primero, que además de parecerme mucho más inteligente, también es moralmente más rico en su complejidad. Humildemente reconoceré que nunca tuve la sensación de entender al cien por cien sus historias, pero siempre me apasionaron. En cuanto a traslaciones al cine, mi favorita es reciente: El Topo, de Alfredson; aunque suene herético, me parece que está por encima de la legendaria El espía que surgió del frío, de Martin Ritt.
Dentro del capítulo de series de televisión, hace poco pudimos ver en Movistar Un espía entre amigos, sobre las complejas relaciones masculinas entre aquellos que nunca pueden ser transparentes ni en su profesión ni en sus sentimientos, con fondo en la Guerra Fría. Magnífica.
Y ahora llega a Netflix Palomas Negras, una propuesta que fusiona ambas tendencias, la intelectual y la física, para ofrecer un producto muy disfrutable, no tan riguroso, pero muy entretenido.
Supongo que tiene que ver con la capacidad para ser flemático en los momentos más duros. Pero lo tengo claro: si alguna vez tengo que contratar un espía para lo que sea, será británico. Sin dudarlo.
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De la literatura, el cine y las series sobre espías, me queda algo claro: si alguna vez tengo que contratar a uno para lo que sea, será británico.