
Reconozco que soy un animal de costumbres.
No solo es que cada día coja el tren a la misma hora, que eso viene impuesto de serie por el horario de trabajo, sino que me sitúo en un espacio exacto del andén para viajar en el mismo vagón y, de estar libre, cosa bastante habitual ya que el amanecer suele producirse a mitad camino y no somos muchos los que vamos poniendo el cartel de “Abierto” según avanzamos, me acurruco en el mismo asiento al final del coche, junto a la ventana y en el sentido de la marcha.
Me gusta viajar en ese rincón porque me da mucha libertad. Hay días en los que el cansancio me vence y puedo dormitar sin que nadie turbe mi sueño. En otras ocasiones puedo observar a la gente que sube, baja o transita por el tren sin que mi mirada moleste y dedicarme a uno de mis pasatiempos favoritos: inventar la historia de esas personas, sus relaciones, sus pensamientos… También suelo leer, aunque esto lo dejo más para el viaje de vuelta e, incluso en alguna ocasión, he tejido jerséis y bordado alguna funda de cojín. Todo porque, si eres capaz de olvidar que en tu mochila, bolso o bolsillo acecha ese cacharro tan egoísta y esclavizante llamado teléfono móvil, los viajes en tren te regalan tiempo para disfrutar.
Llevo años utilizando el tren para acudir a mi trabajo, siempre el mismo tren, el mismo vagón, el mismo asiento… El caso es que un buen día de finales de otoño me di cuenta de que hacía ya bastantes días que al otro lado del pasillo viajaba mi reflejo en el espejo en versión masculina. Cuando yo subía al tren, sentado al fondo del vagón, en la ventana contraria a la mía, viajaba un hombre que unos días dormitaba, otros leía y otros miraba el paisaje de la misma manera que yo lo hacía. Estaba el compartimento tan vacío y pasaba yo tan cerca que, si levantaba la vista, mi educación me impelía a darle los buenos días. Si su mirada se mantenía baja o ausente, procuraba no hacer mucho ruido y me recogía en mi rincón.
Compartíamos estación de destino y, aunque el saludo no siempre se producía, lo que no faltó casi desde los primeros días fue la despedida, un “Que tenga un buen día” mientras descendíamos al andén. Él se encaminaba hacia la salida y yo me dirigía hacia el Metro.
Hará como tres semanas que nuestra rutina ha cambiado. El motivo, un sueño demasiado profundo. Por el altavoz del tren se oyó el habitual “próxima parada…” ¡la nuestra! Pero solo yo me levanté del asiento y empecé a recoger mis cosas. Salí al pasillo y él seguía sin moverse. Dudé si acercarme o dejar que la vida le sorprendiera. ¿Y si le despertaba y se lo tomaba a mal? Mira que nos veíamos todas las mañanas. Tenía que tomar una decisión porque el tren ya frenaba. Total, tampoco era para tanto, si se lo tomaba a mal con cambiar de vagón dejaríamos de vernos y estaría todo lo solucionado.
—Perdone —dije mientras le tocaba suavemente el hombro—. Se ha quedado usted dormido.
Me miró desorientado. Se puso en pie y nos bajamos del tren un instante antes de que sonara el pitido y las puertas se cerraran.
—No sabe cómo se lo agradezco —me dijo ya en tierra—. Si no es por usted hubiera seguido viaje quién sabe hasta dónde.
—Tenía usted aspecto de estar en el séptimo cielo y no se crea, he dudado si despertarle o no.
—Ha hecho muy bien y debe creerme si le digo que me ha salvado la vida. Tengo una reunión importante en apenas un cuarto de hora y, de no ser por su gesto, no habría llegado. Por cierto, nos vemos todas las mañanas, pero ¿a qué hora vuelve?
—Cojo el tren de las 17:30, salvo imprevistos.
—Pues, si le parece bien, nos vemos aquí esta tarde a las 17.25 y le agradezco el gesto como es debido. Siento marcharme tan corriendo, pero como le he dicho, tengo prisa. ¿Nos vemos luego?
—Nos vemos.
Nuestra rutina ha cambiado porque ahora compartimos asientos contiguos y en la mañana procura no dormirse, por lo menos hasta que yo he llegado y nos hemos saludado como es debido. Seguimos dormitando unos días, leyendo otros, pero lo que más nos gusta es compartir conversación o inventar historias sobre la gente que sube y baja del tren. Y no solo al comienzo del día porque, si nada nos lo impide, también disfrutamos de nuestra compañía en el viaje de vuelta.
Vive a dos pueblos de distancia, dos paradas, unos ocho minutos en tren y ¡el sábado hemos quedado a comer!
Los trenes ya no suenan como antes, pero esta historia me parece música celestial…
…Al compás del chacachá
del chacachá del tren
¡Qué gusto da viajar
cuando se va en Exprés!
Pues parece que el amor
con su dulzón vaivén
produce mais calor
que el chacachá del tren…
Los trenes ya no suenan como antes, pero esta historia me parece música celestial…

María Victoria de Rojas
Asesora y Colaboradora en soy50plus
Ha sido directora de la revista Ejecutivos y actualmente “sigue alcanzando metas” , tal y como cuenta ella misma. Como escritora, ya lleva 3 libros publicados y es coach, speaker y editora del blog femeninoyplural.com. Es un honor para soy50plus contar con las colaboraciones de María Victoria dentro de CALMA.